Traducido por: Carmen Blázquez
“Solíamos vivir en aquella cadena”, dice, mientras señala un punto a lo lejos. El aire es gélido y una densa niebla cubre el paisaje; pero incluso con este tiempo tan inclemente las exuberantes colinas verdes son inconfundibles, extendiéndose sin fin hacia el horizonte. Para la tribu indígena Ogiek, una comunidad de aproximadamente 52.590 personas según el censo de Kenia de 2019, reubicación y desalojo no son solo palabras, son un doloroso legado. Su lucha contra los traslados forzosos se remonta a la época colonial británica, una batalla que se ha prolongado durante generaciones.
Durante nuestra visita a Sasumwani nos sentamos con familias Ogiek que fueron desplazadas, una vez más, en 2023 y escuchamos mientras compartían sus historias en una sesión de grupo. “Nací y me crié en este bosque, es todo lo que conozco”, comenzó un anciano con la voz cargada por la pérdida. “Ahora no tengo trabajo, no tengo sustento. Sobrevivo mediante recursos ajenos día a día. La vida es dura y el peso de ello nos desgasta mentalmente. Puede que no nos veas el dolor en la cara, pero la herida es profunda.”
Su realidad es muy cruel. Solían vivir en hectáreas de tierra en sagrada armonía con el bosque, actuando como sus guardianes a la vez que este les proveía mediante apicultura y un cuidadoso cultivo. Ahora la mayoría no tienen nada, los más “afortunados” subsisten recolectando té. Sus hogares fueron reducidos a cenizas, sus pertenencias destruidas. Cuando los defensores de los derechos humanos trataron de documentar cómo la policía encendía los fuegos, muchos de ellos no pudieron continuar a causa del miedo y se vieron forzados a retirarse bajo amenaza. Lo peor de todo es que se sienten abandonados. “Ningún funcionario del gobierno quiere escucharnos”, nos dijeron. Las visitas a las oficinas del condado acaban en puertas cerradas o en silencio. Cuando son persistentes se encuentran con amenazas; funcionarios que advierten que llamarán a la policía antes que atender su sufrimiento. Esto es más que reubicación, es supresión.
Ante esta supresión, defensores de la comunidad Ogiek fundaron el Programa de Desarrollo del Pueblo Ogiek (OPDP por sus siglas en inglés) como un pilar firme de la comunidad. El OPDP se fundó para abordar las injusticias históricas que han privado al pueblo Ogiek de sus derechos como ciudadanos de Kenia. Se dedica a promover el reconocimiento de la cultura indígena, abogar por los derechos territoriales y proteger el entorno que es fundamental para la identidad Ogiek.
Los desalojos están causando un efecto dominó que ha desencadenado crisis que no perdonan a nadie, independientemente de su edad, género o generación. Ante la falta de estabilidad laboral, muchos hombres han sucumbido a la depresión, y utilizan el alcohol como mecanismo de defensa. Las estructuras familiares tradicionales del pueblo Ogiek, en las que cada familia tenía tres viviendas separadas (para los padres, los hijos y las hijas) han colapsado. Ahora las familias se apelotonan en habitaciones individuales, una violación de sus normas culturales que ha creado tensión dentro de matrimonios y ha desestabilizado comunidades. Ha habido un aumento en la explotación infantil a raíz de que las familias no puedan permitirse pagar las tasas escolares; los niños ahora van con sus madres a las plantaciones de patata para poder sobrevivir. Los adolescentes más mayores, al no poder adaptarse, comienzan a abusar de las drogas, mientras que las chicas jóvenes se enfrentan a matrimonios prematuros y embarazos adolescentes.
La salud de los Ogiek también se ha visto afectada. Cuando vivían en el bosque Mau, dependían de miel y medicinas tradicionales y creían que sus cuerpos estaban en sintonía con los ritmos del bosque. Aunque esto no está probado científicamente, ellos insisten que el desplazamiento les ha expuesto a enfermedades desconocidas con sus remedios forestales ahora fuera de su alcance. Por último, sufren sin poder pasar página. Sus cementerios ancestrales se encuentran en el Mau. Ahora, sin tierra y con las familias dispersas, ni siquiera la muerte les une. A principios de julio PBI Kenia visitó a la comunidad Ogiek en Sasumwani, en el condado de Narok, en colaboración con el Programa de Desarrollo del Pueblo Ogiek para dar apoyo a la recuperación psicosocial en curso y acompañar a los defensores de los derechos de esta comunidad en su trabajo. En estas sesiones de seguimiento psicosocial surgieron retos clave como los problemas de salud mental y las voces fragmentadas. Hay gente que exige compensación económica y tierras nuevas, otros se niegan a aceptar otra cosa que no sea su hogar ancestral.
La Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos ha dictado sentencia a favor de los Ogiek en dos ocasiones: primero, en 2017, afirmando sus derechos a su tierra ancestral y segundo, en 2022, exigiendo reparaciones por décadas de daños. Pero estas victorias tan solo existen sobre el papel. El gobierno de Kenia no ha hecho más que dar largas, poniendo excusas sin dar soluciones. Lo que es más importante, más de 700 familias Ogiek fueron desalojadas de forma violenta de Sasumwani en noviembre de 2023 y a día de hoy la mayoría continúan sin hogar, desprotegidos e ignorados.
El sufrimiento del pueblo Ogiek está agravado por la supresión sistemática. Pese a seruna de las comunidades indígenas más antiguas de Kenia, no están incluidos en el registro oficial del gobierno de grupos étnicos. Esta exclusión burocrática significa que son prácticamente invisibles para el Estado, y se les niega el acceso a puestos de trabajo formales dentro del gobierno y representación política, o peor, se les difama como “amenazas medioambientales”, un mito que oculta el rol que cumplen desde hace siglos como protectores del bosque Mau. Esta narrativa falsa no solo les arrebata su identidad, sino que también le roba a Kenia una alianza vital para la conservación.
En junio de 2025 se celebró en el Corte Africana una audiencia sobre el cumplimiento de las órdenes de reparación que se dieron en 2022 al gobierno de Kenia, a lo que funcionarios alegaron recortes presupuestarios y retrasos burocráticos como razón para su falta de acción. Los Ogiek, que ya están cansados de falsas promesas, contraargumentaron con la cruda realidad: ni se ha recuperado ninguna tierra, ni se ha pagado ninguna indemnización, ni se ha cambiado ninguna política. Pese a esta presión incesante, el pueblo Ogiek aún tiene esperanza. Se puede ver su consistencia en la manera en la que luchan a diario por sobrevivir con trabajos
esporádicos y temporales mientras siguen manteniendo la esperanza de volver a su hogar. Hay una verdad evidente: los Ogiek necesitan ser vistos, escuchados y apoyados. Su resiliencia es innegable, pero sin justicia, su legado y futuro penden de un hilo. Para asegurar ese futuro, el gobierno de Kenia debe pasar de las promesas a la acción tangible, implementando de manera completa la sentencia del tribunal, protegiendo sus tierras ancestrales y facilitando su reasentamiento legítimo. No se trata solo de una obligación legal, sino de un imperativo moral.
